La práctica de la medicina se sitúa a menudo en una frontera peligrosa entre la destreza técnica y la tentación de la omnipotencia. Como bien señala el neurocirujano Henry Marsh en sus memorias, la vida de un cirujano nunca es aburrida, pero se cobra su precio: es inevitable acabar cometiendo errores y se debe aprender a vivir con consecuencias que, en ocasiones, resultan espantosas. En un entorno donde la tecnología parece otorgar poderes sobrehumanos, es imperativo recuperar la esencia de una ciencia que, en palabras de Gregorio Marañón, es "excelsa como profesión, pero humildísima como ciencia".
Frente a la prepotencia de quienes se sienten invulnerables tras el uniforme quirúrgico, Marsh rescata la cruda realidad citada por René Leriche: "Todo cirujano lleva en su interior un pequeño cementerio al que acude a rezar de vez en cuando". Este lugar, lleno de amargura y pesar, es el recordatorio más potente de que el médico no es un dios ni un mago, sino un técnico que opera sobre una arquitectura biológica maravillosamente compleja y, a la vez, terriblemente frágil. La soberbia desaparece cuando el profesional reconoce que gran parte de lo que ocurre en los hospitales es, en última instancia, una cuestión de suerte y que el médico tiene, en realidad, muy poco control sobre el éxito absoluto.
Cuando un paciente entra en un hospital, entrega al profesional lo más valioso que posee: su propia biografía y su integridad física. El consentimiento informado no es, por tanto, un simple trámite burocrático para evitar reclamaciones; es la garantía de que la persona es "dueña efectiva de su destino". Ignorar esta autonomía bajo un velo de paternalismo o superioridad técnica es una infracción no solo legal, sino moral. El valor del trabajo médico solo puede medirse a partir del valor de las vidas de los demás.
Uno de los puntos de inflexión más humanos en la obra de Marsh es la ruptura de la "impasibilidad profesional". Cuanto mayor se hace el médico, menos capaz es de negar que está hecho de la misma carne y de la misma sangre que sus pacientes. La distancia que a veces el médico impone para protegerse debe desdibujarse ante la certeza de que, tarde o temprano, él mismo acabará postrado en una cama de hospital, temiendo por su vida, exactamente igual que aquellos a quienes hoy trata con desapego. Ver al paciente no como una "estadística" o un "caso", sino como un igual vulnerable, es el antídoto definitivo contra la prepotencia.
La verdadera excelencia médica no reside en no equivocarse nunca —meta imposible en una ciencia inexacta por definición— sino en la integridad de admitir el fallo. Como reza el aforismo hipocrático: "Un buen médico es aquel que se equivoca raramente, pero el perfecto, el que reconoce sus errores". Ocultar un desastre quirúrgico o un error diagnóstico no solo genera responsabilidad jurídica por el daño moral derivado de la incertidumbre, sino que degrada la profesión a un ejercicio de opacidad que fractura la confianza necesaria para la curación.
La medicina del siglo XXI no necesita héroes infalibles, sino profesionales que, aun asomándose a las "puertas del infierno" en cada intervención compleja, conserven la compasión y el realismo. Al final del día, cuando el cirujano se quita los guantes, queda el hombre que debe enfrentarse a su propia conciencia. Recordar que el paciente es el titular soberano de su cuerpo y que el médico es un servidor de esa libertad es la única vía para una praxis ética. Nada hay más noble en el arte médico que reconocer que nuestra pericia técnica tiene límites y que nuestra humanidad es, precisamente, lo que nos une a quien sufre en la camilla esperando un milagro de nuestras manos.
Este artículo integra la doctrina humanista de Henry Marsh, las reflexiones bioéticas de la escuela de Marañón y la jurisprudencia sobre la autonomía del paciente analizada en las fuentes.
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