En Medicina, los errores existen. No porque los profesionales no se esfuercen, sino porque la práctica clínica es compleja, incierta y profundamente humana. Henry Marsh, uno de los neurocirujanos más influyentes del mundo, ha reflexionado durante años sobre esta realidad. Su conclusión es clara: ocultar un error es siempre peor que reconocerlo.
Su mensaje coincide con lo que expresó en la Escuela de la Profesión Médica de la Organización Médica Colegial de España (OMC), donde recordó que “uno de cada cinco fallecimientos está relacionado con un error” y que solo una cultura abierta y colaborativa puede reducir ese daño ético y moral que arrastra la profesión.
Para Marsh, la relación médico‑paciente solo puede sostenerse sobre la verdad. Cuando ocurre un fallo, por pequeño que sea, el paciente tiene derecho a saberlo. La transparencia no es un gesto de cortesía: es una obligación ética que protege la dignidad del enfermo y la integridad del profesional.
En su intervención ante la OMC insistió en que “las disculpas no son opcionales, son obligatorias”, subrayando que la sinceridad forma parte del compromiso moral del médico con sus pacientes.
Durante décadas, la Medicina ha convivido con una cultura de silencio: miedo a reclamaciones, temor a dañar la reputación, presión institucional. Marsh denuncia que esta actitud:
En la charla de la OMC defendió abandonar la “cultura de la culpa” y sustituirla por sistemas de aprendizaje colectivo: “Se aprende más de los fallos que de los éxitos. No hay que esconderlos, sino compartirlos en un marco de crítica constructiva y de buen liderazgo”.
Marsh insiste en que pedir disculpas no es un signo de debilidad, sino de responsabilidad. Explicar lo ocurrido, asumir la parte que corresponde y detallar las medidas para evitar que vuelva a suceder es una forma de respeto hacia el paciente y hacia la propia profesión.
Además, recuerda que trabajar en equipo es esencial: “Pensar despacio, pedir ayuda y saber escuchar al equipo son herramientas clave”. Muchos errores, afirma, los detectan antes otros profesionales que uno mismo.
El neurocirujano advierte que no todos los fallos se deben a falta de conocimientos o habilidades. Factores como los sesgos cognitivos —por ejemplo, el efecto halo, que lleva a sobrestimar la capacidad de un colega— pueden distorsionar la toma de decisiones y favorecer errores clínicos.
Reconocer estos sesgos y hablar abiertamente de ellos es parte de la cultura de seguridad que Marsh defiende.
Marsh establece un paralelismo claro entre la aviación y la Medicina: en ambos ámbitos, los errores pueden tener consecuencias irreversibles. Por eso, propone adoptar modelos de trabajo donde:
Solo así, afirma, se puede avanzar hacia una práctica más segura y más humana.
La sinceridad debe ir acompañada de serenidad. El paciente necesita información clara y comprensible, no la carga emocional del profesional. Marsh recuerda que el médico debe ser honesto, pero también capaz de ofrecer calma y seguridad en momentos difíciles.
Los médicos recuerdan más sus fracasos que sus éxitos. Esa memoria, bien gestionada, impulsa la mejora continua. Para Marsh, reconocer un error no destruye la autoridad del médico: la humaniza y fortalece la relación con el paciente.
Como él mismo afirmó: “Trabajar como médicos es un honor y un privilegio, pero también tiene un precio: la sinceridad, la honradez y la capacidad de aprender de los errores”.
Según Henry Marsh, decir la verdad cuando ocurre un error no es solo un deber moral, sino una condición imprescindible para una Medicina más segura, más humana y más digna. La transparencia protege al paciente, mejora la calidad asistencial y refuerza la confianza en los profesionales. Y, como recuerda, solo una profesión que comparte sus fallos puede avanzar hacia una cultura verdaderamente segura.
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