La obligación de medios, los límites de la diligencia médica y la interpretación del Tribunal Supremo ante los daños sufridos por los pacientes.
Uno de los problemas fundamentales de la responsabilidad sanitaria consiste en determinar cuándo un resultado perjudicial para el paciente constituye una consecuencia inevitable de su enfermedad o tratamiento y cuándo, por el contrario, revela una actuación médica jurídicamente reprochable.
La medicina no es una ciencia exacta. La evolución de las enfermedades, las particularidades biológicas de cada persona y las limitaciones del conocimiento científico impiden garantizar siempre la curación.
Sin embargo, esta realidad no puede servir como justificación general de los daños producidos durante la asistencia sanitaria.
Que la medicina comporte riesgos no significa que todos esos riesgos deban ser soportados por el paciente.
Para establecer esta distinción, la jurisprudencia española ha desarrollado un criterio fundamental: la lex artis ad hoc, convertido en el principal parámetro para valorar la corrección de las actuaciones médicas.
Su importancia es decisiva, tanto en las reclamaciones de responsabilidad civil contra profesionales y centros sanitarios privados como en los procedimientos de responsabilidad patrimonial de las Administraciones sanitarias.
La lex artis representa el conjunto de conocimientos científicos, reglas técnicas, principios profesionales y exigencias de diligencia que deben orientar la actuación de los profesionales sanitarios.
Constituye, por tanto, el modelo general de actuación correcta conforme al estado de la ciencia médica en un momento determinado.
Comprende, entre otros elementos:
Sin embargo, un modelo abstracto de buena práctica médica resulta insuficiente para resolver un conflicto de responsabilidad sanitaria. Es necesario determinar qué debía hacerse ante un paciente concreto y en unas circunstancias determinadas.
La lex artis ad hoc supone trasladar las exigencias generales de la ciencia médica a las circunstancias particulares de cada actuación asistencial.
No se trata únicamente de comprobar si una técnica es correcta en términos generales, sino de valorar si resultaba adecuada para aquel paciente, en aquel momento y ante aquella situación clínica.
La distinción resulta particularmente importante porque un procedimiento técnicamente bien ejecutado puede ser, sin embargo, médicamente inadecuado por no estar indicado para el paciente.
La elección de una intervención innecesaria, la utilización desproporcionada de una técnica de riesgo o la omisión de una alternativa terapéutica razonable pueden comprometer la corrección de la asistencia, aunque la ejecución material del procedimiento haya sido impecable.
En consecuencia, la lex artis ad hoc no debe limitarse a examinar cómo se ejecutó una técnica. También debe valorar por qué se eligió, cuándo se aplicó y si existían razones clínicas suficientes para justificarla.
La Sentencia del Tribunal Supremo, Sala Primera, de 11 de marzo de 1991, con ponencia del magistrado Luis Martínez-Calcerrada Gómez, constituye una referencia clásica en la delimitación de este concepto (Ver sentencia).
La resolución desarrolló la doctrina ya presente en pronunciamientos anteriores y caracterizó la lex artis ad hoc como un criterio de valoración de la corrección del acto médico que atiende a sus circunstancias particulares.
La sentencia identifica distintos elementos relevantes:
La importancia de esta formulación reside en que impide valorar todos los actos médicos mediante un patrón rígido e indiferenciado.
Ahora bien, la individualización de la asistencia no debe confundirse con una rebaja indiscriminada del nivel de diligencia exigible.
Las limitaciones organizativas de un centro sanitario no pueden convertirse, por sí solas, en una justificación automática de una asistencia insuficiente.
Cuando un establecimiento no dispone de los medios necesarios para atender un proceso clínico, también debe valorarse si existía la obligación de solicitar ayuda especializada, activar recursos adicionales o trasladar al paciente a otro centro.
La jurisprudencia ha reiterado que, como regla general, la asistencia sanitaria curativa constituye una obligación de medios y no de resultado.
Esto significa que el profesional sanitario no garantiza la curación, pero sí está obligado a actuar con la diligencia exigible conforme a los conocimientos y medios razonablemente disponibles.
El fallecimiento de un paciente, la aparición de una complicación o el fracaso de un tratamiento no permiten concluir, por sí solos, que se haya producido mala praxis. La responsabilidad requiere examinar la actuación asistencial y los demás presupuestos jurídicos aplicables.
La obligación de medios no puede interpretarse como una exoneración general de responsabilidad.
El personal sanitario debe utilizar los medios diagnósticos y terapéuticos razonablemente exigibles, adoptar las medidas de seguridad necesarias, identificar los signos de alarma y reaccionar adecuadamente ante la evolución del enfermo.
El verdadero problema jurídico no es que el paciente haya sufrido un daño, sino si ese daño estaba relacionado con una actuación u omisión contraria a las exigencias asistenciales aplicables.
En este punto conviene distinguir entre el riesgo inherente a una intervención y el daño que pudo evitarse mediante una actuación diligente.
En el ámbito de la sanidad pública, la responsabilidad patrimonial de la Administración encuentra su fundamento general en los artículos 32 y siguientes de la Ley 40/2015, de Régimen Jurídico del Sector Público.
La regulación exige, entre otros presupuestos, la existencia de un daño efectivo, individualizado, económicamente evaluable y jurídicamente imputable al funcionamiento del servicio público, sin que concurra una causa legal de exclusión.
El artículo 34 establece una cuestión esencial: no son indemnizables los daños que el perjudicado tenga el deber jurídico de soportar.
En la responsabilidad sanitaria, la jurisprudencia utiliza habitualmente la lex artis ad hoc para determinar si un daño derivado de la prestación asistencial presenta carácter antijurídico.
Aunque el régimen general de responsabilidad patrimonial de la Administración se configura legalmente como objetivo, la jurisprudencia sanitaria ha otorgado una importancia extraordinaria a la infracción de la lex artis.
Esta evolución ha provocado que numerosas reclamaciones se resuelvan, en la práctica, mediante el examen de la corrección técnica de la actuación médica.
El problema aparece cuando se identifica automáticamente la ausencia de negligencia con la obligación del paciente de soportar cualquier perjuicio.
No basta con invocar de manera genérica que una complicación constituye un riesgo conocido o una consecuencia posible de la intervención.
Es necesario analizar su previsibilidad, las medidas de prevención adoptadas, la información facilitada al paciente y las circunstancias en las que se produjo.
La existencia de un riesgo médico conocido no demuestra, por sí misma, que el daño concreto resulte jurídicamente inevitable o no indemnizable.
Esta distinción adquiere especial importancia en las infecciones hospitalarias, los déficits de información, las deficiencias organizativas y determinados daños derivados de productos sanitarios.
La Sentencia de la Sala Tercera del Tribunal Supremo de 10 de mayo de 2005, recurso 6595/2001, constituye un pronunciamiento especialmente relevante para comprender las tensiones entre la responsabilidad patrimonial sanitaria y la exigencia de infracción de la lex artis.
La resolución mayoritaria insistió en que no basta la producción de un resultado lesivo tras una intervención para declarar la responsabilidad de la Administración sanitaria.
Sin embargo, el aspecto más interesante del pronunciamiento se encuentra en el voto particular formulado por la magistrada Margarita Robles Fernández.
El voto particular destacó la importancia de valorar la utilización de una técnica de elevado riesgo, prevista para situaciones clínicas extremas, cuando las circunstancias del paciente no justificaban su aplicación.
Esta reflexión introduce un elemento fundamental en el análisis de la responsabilidad médica: la proporcionalidad.
Una técnica puede haberse ejecutado correctamente desde el punto de vista instrumental y, sin embargo, haber sido una elección inadecuada por resultar innecesariamente peligrosa.
La valoración jurídica debe comprender no solo la ejecución, sino también la indicación y la justificación clínica del procedimiento.
Desde esta perspectiva, la lex artis ad hoc no puede reducirse a comprobar la habilidad del profesional. Debe incorporar un juicio más amplio sobre la razonabilidad de la decisión asistencial.
El cumplimiento técnico de una intervención no subsana necesariamente una decisión médica injustificada o desproporcionada.
Uno de los ámbitos más frecuentes de litigio es el retraso diagnóstico.
No todo diagnóstico equivocado constituye negligencia. La medicina opera frecuentemente con hipótesis provisionales, síntomas inespecíficos y procesos clínicos en evolución.
Sin embargo, el error puede resultar jurídicamente relevante cuando se omiten pruebas razonablemente indicadas, se desatienden signos de alarma o no se realiza el seguimiento clínico exigible.
La STS 1342/2006, de 18 de diciembre, Sala Primera, recurso 59/2000, ofrece un ejemplo especialmente significativo.
El caso se relacionaba con la aparición de un síndrome compartimental y una lesión isquémica en una extremidad.
La relevancia jurídica no residía simplemente en el resultado perjudicial, sino en la existencia de signos clínicos que exigían adoptar medidas para prevenir o limitar sus consecuencias.
El tribunal examinó la respuesta asistencial ante aquellos síntomas y apreció una actuación negligente.
La cuestión decisiva no es si el profesional acertó desde el primer momento, sino si actuó diligentemente con la información clínica disponible.
Asimismo, cuando la demora diagnóstica priva al enfermo de posibilidades reales de tratamiento, puede surgir la problemática de la pérdida de oportunidad terapéutica.
En estos supuestos, la valoración del daño exige distinguir entre las consecuencias directamente acreditadas y las probabilidades de un resultado más favorable que se perdieron por el retraso.
La corrección de la asistencia sanitaria no se limita a la ejecución de los tratamientos. También comprende el respeto a la autonomía del paciente.
La Ley 41/2002 reconoce el derecho a recibir información adecuada y establece las condiciones de prestación del consentimiento informado.
La obligación de informar no constituye un simple trámite documental, sino una parte esencial de la asistencia.
El paciente debe conocer los elementos relevantes que permitan adoptar una decisión libre y consciente, incluidos los riesgos previsibles y las circunstancias que puedan influir en su aceptación del tratamiento.
La STS 140/2021, de 4 de febrero, Sala Tercera, recurso 3935/2019, aborda precisamente las consecuencias de la falta de información sobre el riesgo de infección nosocomial.
La resolución reconoce la relevancia autónoma de la vulneración del consentimiento informado, susceptible de generar responsabilidad por el daño moral derivado de privar al paciente de una decisión suficientemente fundada.
De esta doctrina se desprende una conclusión fundamental:
Una intervención técnicamente correcta no supone necesariamente una actuación sanitaria jurídicamente irreprochable si se ha vulnerado el derecho del paciente a decidir.
La indemnización deberá determinarse atendiendo a las circunstancias del supuesto y al daño jurídicamente acreditado, sin confundir automáticamente la lesión de la autonomía con la totalidad de las consecuencias físicas posteriores.
Las infecciones adquiridas durante la asistencia sanitaria constituyen uno de los terrenos más controvertidos de la responsabilidad médica.
La presencia de microorganismos patógenos en los centros hospitalarios es una realidad conocida, y determinadas infecciones pueden producirse incluso cuando se adoptan medidas preventivas adecuadas.
Pero de ello no se deduce que toda infección hospitalaria sea inevitable.
La STS 446/2019, de 18 de julio, Sala Primera, recurso 576/2017, resulta especialmente significativa en el tratamiento de estas infecciones desde la perspectiva de la responsabilidad civil y la normativa de consumidores y usuarios.
La sentencia destaca la previsibilidad del riesgo infeccioso y la especial posición del centro hospitalario para establecer medidas destinadas a prevenirlo.
Se trata de una consideración de gran importancia, porque las pruebas relativas al cumplimiento de las medidas de asepsia, esterilización y prevención se encuentran habitualmente bajo el control de la propia organización sanitaria.
Desde una perspectiva probatoria, debe valorarse qué medidas se adoptaron realmente y qué documentación permite acreditar su ejecución.
No siempre será suficiente una referencia genérica a la existencia de protocolos escritos. Debe examinarse su aplicación efectiva al supuesto concreto.
Conviene, no obstante, diferenciar los regímenes de responsabilidad civil y patrimonial, pues la fundamentación jurídica y las reglas probatorias aplicables pueden variar.
La infección hospitalaria no debe presumirse necesariamente negligente, pero tampoco inevitable por el solo hecho de constituir una complicación conocida.
Una cuestión distinta aparece cuando el daño deriva de un producto sanitario defectuoso utilizado durante una intervención.
La STS 92/2021, de 28 de enero, Sala Tercera, recurso 5467/2019, examinó la responsabilidad derivada de la utilización del producto intraocular Ala Octa.
El problema consistía en determinar si la Administración sanitaria debía responder por los daños asociados a un producto cuya toxicidad no era conocida al tiempo de su utilización.
La sentencia distinguió la corrección de la actuación facultativa de la responsabilidad vinculada a los defectos del producto.
Este criterio permite comprender que el daño sanitario no siempre encuentra su origen en una decisión clínica negligente.
Sin embargo, tampoco autoriza a afirmar que la responsabilidad deba trasladarse automáticamente al fabricante en todos los supuestos.
Será necesario examinar las circunstancias del caso, la actuación de los distintos intervinientes y el régimen jurídico aplicable.
La relevancia de esta doctrina reside en evitar la confusión entre dos cuestiones diferentes: la diligencia en la prestación sanitaria y la seguridad del producto utilizado.
El abandono involuntario de gasas, compresas, instrumental u otros materiales en el interior del paciente constituye un supuesto especialmente ilustrativo (Ver dictamen).
Los procedimientos de control y recuento quirúrgico forman parte de las medidas básicas de seguridad.
Cuando se acredita el abandono de un cuerpo extraño durante una intervención, el hecho puede constituir un indicio extraordinariamente significativo de deficiencia asistencial.
En este contexto resulta relevante la doctrina conocida como res ipsa loquitur, expresión que significa que los hechos hablan por sí mismos.
Su aplicación exige prudencia y valoración de las circunstancias, pero permite comprender que determinados resultados poseen una fuerza probatoria que no puede ignorarse.
La complejidad de la operación no constituye, por sí sola, una explicación suficiente para descartar la responsabilidad.
Las guías clínicas y protocolos constituyen referencias relevantes para establecer el estándar asistencial.
Sin embargo, su contenido no puede sustituir la valoración individualizada del paciente.
El cumplimiento de un protocolo puede apoyar la conclusión de que se actuó correctamente, pero no determina necesariamente la ausencia de negligencia.
Del mismo modo, apartarse de una recomendación general puede estar clínicamente justificado por las circunstancias particulares del enfermo.
Lo decisivo será la razonabilidad científica de la actuación, su justificación y su correspondencia con las necesidades asistenciales del caso.
La jurisprudencia también advierte del peligro de valorar retrospectivamente una decisión médica utilizando información que solo se conoció con posterioridad.
El juicio sobre la corrección de la asistencia debe realizarse, en principio, teniendo en cuenta los datos científicos y clínicos disponibles cuando se adoptó la decisión.
Este criterio protege frente a imputaciones basadas exclusivamente en el conocimiento posterior del resultado.
Pero no debe confundirse con una prohibición de examinar cómo evolucionó el paciente.
La aparición de nuevos síntomas, el agravamiento del cuadro clínico o la falta de respuesta al tratamiento pueden generar nuevos deberes de vigilancia, revisión diagnóstica y actuación.
La razonabilidad de una decisión inicial no justifica necesariamente la pasividad posterior ante signos de empeoramiento.
En los procedimientos de responsabilidad sanitaria, la prueba constituye una de las mayores dificultades para el paciente.
La información sobre las decisiones médicas, los tiempos de respuesta, las pruebas realizadas y las medidas preventivas aplicadas se encuentra generalmente documentada por la organización sanitaria.
La historia clínica, las anotaciones de enfermería, los registros quirúrgicos, los resultados diagnósticos y los protocolos efectivamente aplicados pueden resultar determinantes.
La prueba pericial médica ocupa un lugar central, pues permite explicar al órgano judicial qué actuación era razonablemente exigible conforme a los conocimientos científicos y las circunstancias clínicas.
Sin embargo, su valoración debe integrarse con el conjunto de la prueba disponible.
También son relevantes las reglas sobre disponibilidad y facilidad probatoria, particularmente cuando ciertos hechos únicamente pueden acreditarse mediante documentos o registros bajo el control del centro sanitario.
Desde una perspectiva procesal, conviene reconstruir la secuencia asistencial y responder a preguntas concretas:
La respuesta a estas cuestiones resulta mucho más útil que la mera afirmación genérica de que existió, o no, una infracción de la lex artis.
La lex artis ad hoc nació como un instrumento para valorar de manera rigurosa y contextualizada la corrección de las actuaciones médicas.
Su aplicación resulta necesaria para evitar que cualquier complicación se transforme automáticamente en una reclamación indemnizatoria fundada.
Pero su utilización también plantea riesgos.
Cuando los tribunales centran toda la valoración en la existencia de un error técnico individual, pueden quedar insuficientemente examinadas otras dimensiones de la asistencia: la organización del servicio, la seguridad del paciente, la información suministrada y la propia justificación de las decisiones médicas.
La cuestión no consiste en abandonar el criterio de la lex artis, sino en evitar una interpretación excesivamente reducida de su contenido.
No debe olvidarse que la actividad sanitaria comprende mucho más que la ejecución material de una intervención.
Incluye la indicación terapéutica, la planificación, la prevención, la coordinación entre profesionales, el seguimiento clínico y el respeto a la autonomía de la persona atendida.
Por ello, la corrección técnica de un acto aislado no siempre permite afirmar que el conjunto de la asistencia sanitaria haya sido correcto.
La valoración jurídica debe contemplar el proceso asistencial en su integridad cuando las circunstancias del caso así lo requieran.
La lex artis ad hoc constituye uno de los pilares fundamentales de la responsabilidad sanitaria en España.
Su función es establecer un criterio razonable para diferenciar los daños derivados de riesgos que no podían evitarse de aquellos relacionados con actuaciones u omisiones jurídicamente reprochables.
Este criterio cumple una doble finalidad.
Por una parte, protege al profesional sanitario frente a la atribución automática de responsabilidad por resultados desfavorables que no podían razonablemente evitarse.
Por otra, constituye una garantía para el paciente, que tiene derecho a recibir una asistencia ajustada a los conocimientos científicos, a sus necesidades particulares y a las exigencias de seguridad e información legalmente establecidas.
La dificultad aparece cuando esa doble función pierde su equilibrio y la lex artis deja de ser un instrumento de análisis para convertirse en una expresión utilizada de manera automática para justificar el resultado asistencial.
La responsabilidad sanitaria exige mucho más que comprobar si una técnica se ejecutó conforme a los procedimientos habituales.
Exige valorar si la actuación médica, considerada en sus circunstancias reales y en el conjunto del proceso asistencial, fue la que razonablemente debía prestarse a ese paciente.
En definitiva, la lex artis ad hoc no debe entenderse como una garantía de impunidad ante los riesgos de la medicina ni como una obligación de obtener siempre resultados satisfactorios.
Debe seguir siendo lo que jurídicamente representa: un criterio de diligencia, proporcionalidad, seguridad y respeto a los derechos del paciente.
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